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Soñar no cuesta nada

Soñar no cuesta nada

Hoy en día, con cuarenta grados a la sombra, en plenas vacaciones y pos festejos navideños y de fiestas bien me cabria el apodo de “Vacuna“, ya que soy un verdadero anticuerpo. Lo más saludable para la sociedad seria que me encierre con el aire en mi habitación de dos por dos y vea la playa solo por el canal Crónica, antes que arriesgarme a que Greenpeace inicie una operación de salvataje si me encuentra tirado en la Bristol.

Día fatídico fue cuando crucé y de perfil me topé con un espejo que me dijo que tenía una pancita incipiente, que adquiere la categoría de pancita solo porque soy indulgente conmigo mismo ya que si a otro le perteneciera le diría que está a punto de reventar. Porque se ve que es muy cierto eso de que el que come y no convida tiene un sapo en la barriga, por lo visto no he convidado mucho porque yo debo tener al sapo Pepe, con Adriana y el resto del jardín de infantes.

Lo primero que uno piensa cuando esto sucede, es que vamos a quemar calorías haciendo actividad física, y lo único que nos quemamos es el cerebro ante la imposición de hacerlo. ¿Quién no dijo “mañana empiezo a correr“? como si fuese la solución perfecta, ponés el reloj a las 6 de la mañana y lo único que corrés es la cortina para que no entre la luz y seguir durmiendo; cuando pudiste arrancar con toda la emoción del mundo a media mañana, salís siendo el protagonista de Carrozas de fuego y a los quince metros ya querés volver destruido como un integrante de Apocalipsis Now.

Es ahí, es ese momento cuando te das cuenta que necesitás ayuda, y buscás inscribirte en un gimnasio para pasar a ser un deportista golondrina, que solo va a aparecer en vísperas del verano y por tres meses. Como yo que de puro osado decidí probar con el Pilates, después de probar con los chicles, los parches, las gotas, las cremas reductoras y la nutricionista, me dije capaz esta es la solución para lograr un cuerpo tallado a mano, pero en la ruleta de la vida se ve que me toco un escultor sin pulso, porque los ravioles en la panza solo se ven por dentro.

Así es que paso mis tardes en medio de un hermoso grupo, como el único varón entre una horda de mujeres que están entre los setenta años y la muerte, y que me humillan teniendo más flexibilidad y mas cuerpo que yo. ¿Qué se le va a hacer? Verano, sol arena y mar, parece que solo queda para las canciones de Luis Miguel y para la tapa de las revistas.

Soñar no cuesta nada, por lo pronto, este verano ya está perdido, así que saldré a ventilar mis rollitos orgulloso como si fueran una tabla de lavar mientras imagino el cuerpo que tendré el verano que viene. Si es que aguanto más de tres meses en un gym y logro divorciarme de los postres o si sucede el milagro de que un día por esas cosas de la vida me despierte por fin y sin el menor de los esfuerzos en el cuerpo de Cristian Sancho.

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Comentarios

  1. Me gustaría contactarme con Diego, el comentarista de esta revista.

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