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Síndrome de Roberto Carlos

Síndrome de Roberto Carlos

Me está preocupando, por eso fui a consultar a un médico, me parece apropiado hacer un balance a mitad de año y un cierto chequeo de algunas cuestiones.

Llego al médico, me pregunta sobre los síntomas y le comienzo a contar, le dije que notaba algunas ausencias, a veces cierta dependencia, que tenía frecuentes brotes de celos y por momentos agobio, que no paraba de pensar en solicitudes de amistad, que sólo pensaba en fiestas, en reuniones, en estar con mis amigos, sin importar si eran reales, virtuales, nuevos o viejos, conocer gente y más gente y más gente…

Me dijo: “Es un claro ejemplo de que Usted está padeciendo el Síndrome Roberto Carlos”, persona que indiscriminadamente usa la palabra “Amigo” sin resignificar el verdadero valor de la misma, el peso y la importancia de esa persona especial a la cual se le entrega dicho mote, creyendo que es posible hacer de una vida real, el tarareo de una canción que propone el objetivo inalcanzable de un número imposible, y por cierto innecesario, de amigos.

Me recetó un medicamento para la conciencia, algo que me permitiría, en pequeñas dosis, entender el valor y el carácter necesario de esos hermanos que nos da la vida y que el destino nos elije para que por alguna razón coincidamos en tiempo y espacio justo para que echen raíces en nuestro corazón y allí se queden formando parte de nuestra historia.

Me pidió que reforzara los vínculos de los que estaban al lado mío en cada alegría, y doblemente en cada tristeza, siendo pilares y sustentos en esas noches de desvelos de relatos desvariados por desamores y penurias que fueron fieles compañeros en intentos de suicidios de penas, válidos sólo como excusas de memorables borracheras.

Pidió un análisis completo de mi lista de amigos, los de la vida, los de las redes, los del trabajo, los presentes, los de la infancia, los lejanos y de los amigos de mis amigos que me vieron una vez y aún así me llamaron “amigo”, para que, con el estudio en mano, pueda depurar y extirpar a aquellos que dijeron serlo y desaparecieron, los que fueron golondrinas de estación, los compañeros de un momento, y los que entraron a mi vida por un interés, pero sin apostar capital y se fueron perdiendo.

Me inyectó tres dosis de anticelos, ya que los amigos no son de nuestra propiedad, y aunque aparezca el insignificante germen de su pareja que los obligue a alejarse de nosotros, hasta por periodos mayores a una cuarentena, la cura está simplemente en saber que están y en verlos felices, porque en amistades fuertes, ni el virus de la distancia corroe los sentimientos.

El jarabe para la memoria, me aconsejó que no fuese de uso frecuente, sirve simplemente para recordar en ocasiones y aprender de los que pasaron y de cada relación que intentamos fuese una amistad y no se pudo, pero sobre todo se utiliza para que se hagan presentes los que no están y reviven cada vez en esa anécdota que es contada.

Saber que el anticuerpo para curarse es la confianza, creer una y otra vez, y volver a apostar y sobreponernos al desengaño de una amistad fallida, y de una inversión malograda, es el mejor aliciente para reponerme y mejorar, puede que nunca llegue al millón de amigos que quiere Roberto Carlos, pero con el 0,001 por ciento que tengo ya soy plenamente feliz y sabiendo que no tengo todos los amigos que quiero, sé definitivamente que quiero a todos los que tengo.

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