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Norma Aleandro, actriz. La señora de la pantalla y el escenario

Norma Aleandro, actriz. La señora de la pantalla y el escenario

Triunfó en Cannes y Hollywood, protagonizó las mejoras películas del cine nacional y es una de las actrices argentinas más reconocidas en el mundo.

El teléfono llama un par de veces y ella atiende. Una voz suave y reconocible dice hola.

—¿Con la señora Norma Aleandro?

—Sí –contesta.

Es emocionante escuchar la voz que recitó los parlamentos de La señorita de Tacna, o de la madre que busca la verdad a pesar de todo en La historia oficial. Pero, sí. Es ella que atiende el teléfono como cualquiera. Es que uno se imagina que una de las mayores actrices de Argentina tiene algún filtro, obstáculo o límite para llegar a ella.

Sin embargo, responde con sencillez. Y no tiene ninguna soberbia que la aleje, que la distancia, que la lleve a algún Olimpo inalcanzable.

De raza

Hija de actores (Pedro Aleandro y María Luisa Robledo), subió a las tablas desde muy pequeña. A los 9 años debutó en el teatro Smart, con sus padres.

“Mi familia era del teatro. Pero era una época difícil para los actores y frecuentemente los empresarios desaparecían y se iban sin pagar, así que mi papá quería que me dedicara a algo más seguro”, recuerda.

Sin embargo, claro está, su vida fue la actuación y su papá, su fan número uno.

Pero el éxito, la fama y la consagración no vinieron enseguida, sino que, por el contrario, hubo un largo y doloroso recorrido que incluyó el exilio.

“Cuando tenía 12 años, asistí a una clase de improvisación que dictaba una actriz francesa. Yo la admiraba mucho. Cuando me tocó subir, nos dio como ejercicio una consigna que tenía que ver con un bombardeo o algo así y debíamos huir o morirnos. Yo elegí morir. Pero a ella no le gustó. Dijo que nunca iba a ser una buena actriz. Me fui llorando”, dice.

Afortunadamente, el desacertado comentario no hizo mella en sus ganas de actuar y siguió adelante. Con dudas sobre su talento, pero igual continuó con el teatro.

Inicios

Los comienzos no fueron fáciles. La vida del actor, por entonces, era dura, sacrificada y trabajosa.

“Hacíamos tres funciones los fines de semana. Llegué a hacer más de 30 obras en un año”, expresa. Lo que ganaba no alcanzaba más que para comer, pero llegaba con la satisfacción de hacer lo que amaba.

Seguramente, por entonces jamás imaginó que algún día llegaría a Hollywood no sólo a presentar un premio sino también a recibirlo. En 1985 la película La historia oficial, de la que es protagonista, obtuvo el Oscar como Mejor Película Extranjera.

“Cuando Luis (Puenzo) me invitó a participar de la película le dije que no. Pero él insistió varias veces y finalmente me convenció, por suerte”, agradece y se muestra satisfecha de haber aceptado el convite.

El rodaje fue muy complicado. La seguridad no estaba garantizada y había poderosos enemigos que no querían que ese film se realizara.

“Amenazaron a mucha gente y había miedo. Por eso, se decidió anunciar públicamente que no se iba a filmar, pero se siguió en secreto y de esa manera se terminó”, comenta luego.

La película empezó a filmarse en 1983, recién se habían recuperado 3 de los hijos de desaparecidos. Todavía no se sabía, como ahora, cómo había sido el procedimiento de apropiación de bebés.

“Acabábamos de llegar del exilio. Me parecía una locura hacer esa película porque todavía había amenazas. Él (Puenzo) venía a verme a la salida del teatro y nos íbamos a tomar un café. Entonces, me leía partes del guion y a mí me encantaba, pero le decía que no. Entonces, él me decía que si no era conmigo no lo hacía”, rememora.

Finalmente, luego de consultarlo con su marido, decidió que trabajar en esa película era “un deber de ciudadana”.

“Había mucha gente que verdaderamente no sabía qué había pasado, y que incluso habían desaparecido niños. Por eso, con miedo, con mucho miedo, dije que sí”, reconoce.

La película se estrenó en el mismo año en que se inició el histórico juicio a las juntas militares. Luego vino Cannes, el festival de cine más prestigioso de Europa, y Aleandro ganó el Premio a Mejor Actriz. El punto cúlmine fueron los Oscars.

“Estaba segura que no íbamos a ganar, porque si me piden a mí que anuncie el premio es porque no íbamos a ganar”, recuerda.

Sin embargo, no fue así. El premio se lo llevó la película argentina.

Con Alfredo Alcón

Era muy chica cuando lo conoció, trabajando en Radio del Estado; ella tenía 14 años, él 20. “Fue mi primer novio” solía decir la actriz. Pero todo terminó cuando él se instaló en España para trabajar, a comienzos de los 60. “Cuando volvió, seguimos amigos. Añares. Yo ya había tenido a Oscarcito, con Oscar Ferrigno. Tendría yo 27, 28 años. Estuvimos juntos cuatro años”, contó alguna vez Aleandro.

Con ese amor intacto, aunque transformado, compartieron el rodaje de dos películas – La tierra en armas, de 1971, y Los siete locos, de 1973 -, y en 1993 volvieron a juntarse para hacer en el Maipo Escenas de la vida conyugal. Ellos sabían de qué se trataba, pero también podían pasar por alto la anécdota para dar lo mejor de sí sobre el escenario.

En 2010 volvieron a juntarse. Ya no en el cine ni en el teatro, sino en un videoclip de Los Nocheros. Allí interpretaron a un matrimonio, o mejor aún, a un hombre y a una mujer abatidos por la muerte, por la pérdida de ese “otro” que tanto significó y al que hoy sólo resta decirle adiós.

Una vida

Norma Aleandro puede presumir de una extensa filmografía: lleva más de 50 años en la profesión. Protagonizó la primera película argentina que ganó el Oscar a la Mejor Película Extranjera en el año 1985, La historia oficial, junto a otro conocidísimo actor argentino: Héctor Alterio.

Aleandro debutó como actriz en series de televisión y telefilmes argentinos hasta que consiguió debutar en el largometraje El último piso (1962), cinta que le catapultó al cine por su intensa mirada y su dulce interpretación.

Protagonizó el drama Los herederos (1970); Güemes: la tierra en armas (1971); Los siete locos (1973); y Gaby: A True Story (1987), personaje que la convirtió en la primera actriz argentina en ser nominada al Oscar a la mejor actriz de reparto.

Aleandro es una de las pocas actrices argentinas que ha conseguido trabajar asiduamente en Hollywood. Su primera intervención en los Estados Unidos fue en Constantes vitales (1990) con el personaje de Henrietta Walker.

Con la cinta Sol de otoño (1996), del director Eduardo Mignogna, ganó el Silver Cóndor a la Mejor Actriz que otorga la Asociación de Críticos de Cine de Argentina; el Goya a la Mejor Película Extranjera de Habla Hispana y la Concha de Oro a la Mejor Actriz en el Festival Internacional de San Sebastián.

Junto a Ricardo Darín y Héctor Alterio, en El hijo de la novia (2001) obtuvo una nominación a los Oscar en la categoría de Mejor Película Extranjera; y con el papel principal de Cleo en la comedia Cleopatra (2003) consiguió el Premio del Jurado en el Festival Internacional de Lauderdale.

Entre los últimos títulos de su filmografía se encuentran: Cama adentro (2004); Andrés no quiere dormir la siesta (2009); Cuestión de principios (2009); Paco (2009) y Familia para armar (2011).

En 1996 fue galardonada como “ciudadana ilustre de la ciudad de Buenos Aires”. Coescribió el guión de Los herederos (1970), además de publicar cuentos y libros de poesía. En la década de los 70 se exilió a Uruguay, pero más tarde se trasladó a España y no regresó a Argentina hasta 1982, cuando la junta militar abandonó el poder.

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