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Mauricio Dayub. Un fenómeno del teatro nacional

Mauricio Dayub. Un fenómeno del teatro nacional

Desde hace tres años, Mauricio Dayub protagoniza Toc-Toc, dirigida por Lía Jelín y ganadora de cuatro premios ACE. Con 600 mil espectadores y mil funciones, la obra constituye uno de los mayores éxitos teatrales de la calle Corrientes.
Escrita por el francés Laurent Baffie, Toc-Toc aborda en clave de comedia el llamado Trastorno Obsesivo Compulsivo, develando la intimidad de seis personajes que, atormentados por distintos Toc´s coinciden en la sala de espera de un especialista en el tema. Pero el tiempo pasa y ante la demora del profesional, los pacientes deciden armar un grupo terapéutico de urgencia y confiarse sus desórdenes emocionales. Dayub caracteriza a un personaje obsceno y violento.

¿Cómo te encuentra esta etapa profesional?
Es un gran momento el que estoy teniendo. Toc-Toc empezó sorprendiendo, porque se suponía que sólo los actores mediáticos podían convocar a tanta cantidad de público. Después, el éxito empezó a crecer tanto que a la prensa le produjo curiosidad que no se tratara de los grandes actores argentinos a los que alguna vez el éxito se les había acercado y estaban acostumbrados. Ahora, después de más de 600 mil personas y de mil funciones, podemos decir que estamos alcanzando lo que muy pocos actores argentinos lograron; estamos al nivel de lo conseguido por Enrique Pinti con Salsa Criolla, y Brujas, que pronto va a quedar atrás, porque la obra sigue con el cartel de “no hay más localidades” y no se detiene, no se sabe dónde va a terminar.
Es genial, es una experiencia de aprendizaje extraordinaria, que nunca imaginé. Cuando llega el momento en el que hay muy poca gente a la que uno le puede preguntar y puede compartir, siente que empieza a hacer punta de lanza de cómo se hacen siete funciones todas las semanas, durante más de tres años.
Yo siempre actué para gustarle a la gente, para que lo recomienden y vengan, y ahora llego los miércoles y está todo vendido hasta el domingo.

¿Te exigió mucha preparación tu personaje?
Fue, tal vez, el trabajo donde más peligraron mis posibilidades. Creí que me había metido en un lío, a dos semanas del estreno estaba convencido de que me había equivocado en la elección. Uno de los amigos que venía a ver los ensayos generales llegó a decirme que era difícil verme en ese papel, un poco porque yo venía de hacer obras con un sentido relativamente heroico o valiosas desde la historia o el derrotero de los personajes, intentando siempre un logro personal, o algo más valioso que putear y hacer gestos obscenos.
Tenía temor a ser vulgar o hacer un trabajo gracioso pero grosero. La enfermedad es muy dramática y me costaba seguir el ritmo de la comedia; veía actuaciones en cine tan bien logradas, pero que era imposible trasladarlas al teatro.

¿Cómo encontraste la solución?
Imaginando la infancia del personaje, pensando que alguien que padece este trastorno desde chico debía tener un comportamiento arrastrado, manteniendo de adulto costumbres de su formación. Así empecé a lograr la puteada desde el interior, desde el cuerpo como una cosa insalvable que produce una contorción y eso me libró de lo que imaginaba yo, que podía ser burlarse de los pacientes que padecen la enfermedad.
Era un riesgo grande reírse de los demás. En la función nos reímos con el público y los espectadores que padecen el trastorno se alivian, porque el tema deja de ser tabú, deja de ocultarse; los ponemos sobre el tapete y tratamos de ver de qué se trata.

Supongo que asumir estos riesgos actorales, son también desafíos personales que te vas trazando.
Yo nunca me la jugué demasiado por la carrera, siempre seguí el impulso personal y muchas de las decisiones que he tomado me alejaron de la profesión. De hecho Toc-Toc llega después de 12 años de no ir a la calle Corrientes y decir que no a cosas que funcionaron muy bien, pero prefería desarrollarme en lo mío: escribir, producir, actuar, dirigir, llevar adelante el teatro (Chacarerean Teatre), que han sido cosas que tal vez no son las mejores para la carrera, vistas desde una óptica económica, pero que para mí han sido extraordinariamente valiosas porque me han dado seguridad, aprendí mucho y dentro del espectáculo me le animo a cualquier rubro, gracias a que pude hacer todo ese recorrido.

Siempre estuviste lejos de las estridencias mediáticas, cultivando un bajo perfil.
Siempre pensé que el actor está más en condición de observar que de ser observado. Si uno anda vestido como en la tele, saludando a la gente y arreglándose el cuello no se le puede ocurrir nada, ni para escribir, ni para crear, ni para inventar; uno tiene que ir desde otro lugar por la vida: mirar, observar, percibir, son todas cosas fundamentales para el actor que tiene vocación y le gusta lo que hace. Además, la gran exposición te obliga a dar resultados todo el tiempo.

A lo largo de tu carrera, siempre fuiste alternando el cine, con la televisión y el teatro.
Es una gran suerte poder hacerlo. Ahora extraño un poco la televisión, acabo de rechazar una propuesta que podría estar muy bien, pero no puedo hacer todo junto, son demasiadas horas con el teatro, pero sé que en algún momento la cantidad de funciones tendrá que ir bajando y podré dedicarme a la tele.

¿En esta decisión también influye tu familia?
Absolutamente. Me ofrecieron hacer un unitario de 13 capítulos, que lo hubiera hecho en otro momento, pero decidí esperar un poco más. Mi hijo Rafael tiene mucho que ver con esta determinación, tiene apenas un año, no me gusta irme a la mañana, volver y que esté dormido.

Hablame de tu paternidad…
Me encuentra en la mejor etapa, no sé cómo hubiera sido antes, pero este momento lo voy recomiendo. Siempre postergué la posibilidad de tener hijos, porque me parecía que me faltaba madurar. Cuando estaba por nacer Rafael creí que iba a necesitar asistencia las 24 horas, sin embargo a la semana de haber nacido, era un experto.
Estoy tranquilo, puedo brindarle otras cosas, como a mí cuando era niño y vivía en Paraná, en una casa con papá y mamá presentes, acompañándome.

Estudiaste Ciencias Económicas, ¿cómo y cuándo se dio el salto a las tablas?
(risas) En mi casa, todos mis hermanos estudiaron una carrera universitaria y ese era el mejor deseo que podían tener mis viejos. Yo deseaba ser actor, que era como no ser nada. Por suerte no perdí el tiempo y mis padres fueron inteligentes en no guiarme en ese sentido, porque pude decirles lo que me gustaba y sentía y me acompañaron.
Somos cuatro varones y una mujer, soy el último de los varones, y de alguna manera todos nos dedicamos a lo mismo. Yo seguía los pasos de mi hermano Gerardo, que ya se había inclinado por el teatro y lo acompañaba a los espectáculos para niños que hacía en Paraná; estaba siempre atrás, esperando que alguno se enfermara y me pidieran que haga el personaje.
Ahora es genial, porque siempre estamos compartiendo las lecturas, les pido su opinión, han sido los primeros espectadores de mis obras y asistentes en mis ensayos generales.

¿A qué edad te fuiste de Paraná?
Me demoré mucho, como en todo en mi vida, porque siempre he meditado demasiado las cosas. Recién a los 18 años me fui de mi casa, con destino a Santa Fe para estudiar Ciencias Económicas. Ahí empecé a hacer teatro con grupos independientes y a los 22 años me di cuenta de que no podía seguir en la facultad, que no era lo mío. Me otorgaron una beca del Fondo Nacional de las Artes y así llegué a Buenos Aires, una ciudad que sentí que no era para mí; pero a los pocos meses me agarró un enamoramiento enorme, me sedujo, la vi como el lugar que me iba a dar la posibilidad de desarrollarme en mi profesión. Me mudé 14 veces en dos años, de cuarto en cuarto, de una pensión a un hotel, trabajando de cualquier cosa, no tenía nada pero era muy feliz.

¿Viajás seguido a Paraná?
Estoy muy presente. Voy cada tres meses a ver a mi familia y en el horario en el que descansan salgo a recorrer la ciudad, que es como repensar todo.
En todos estos años, las decisiones más importantes las tomé mirando para allá; si uno elige con la postal de la infancia, si cierra los ojos y piensa qué quería ser es muy fácil decir sí o no a cualquier propuesta que tenga.
Siempre que cierro los ojos me veo en Paraná, y no me equivoco porque decido desde lo más auténtico, desde algo que no puede cambiar.

 

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