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“A la persona que le hago un instrumento le doy parte de mi vida”

“A la persona que le hago un instrumento le doy parte de mi vida”

Sergio eligió ser músico y la vida lo hizo luthier. Nació en Jujuy, pero desde hace más de diez años elige vivir en Paraná, ciudad que lo condujo por el camino de sus sueños y libertades. Fabrica instrumentos y sus otras pasiones son la gastronomía y la cervecería.

Tras subir las escaleras que conducen a su hogar nos encontramos con un patio lleno de plantas. Lo que sigue es una cocina pequeña e invadida por inmensas ollas y un olor que nos conquista a todos los amantes de la cerveza artesanal. Mientras nos abre las puertas de su casa aparece su particular tonada al hablar. Sergio Quispe nació en Jujuy y a los 19 años decidió mudarse a Paraná en busca de concretar su sueño de ser guitarrista.

Empezó a hacer cerveza por una inquietud personal que se desprendió de sus estudios de gastronomía, que concretó en homenaje a la abuela que define como “la mejor cocinera que conocí en mi vida”. Se interesó en la cerveza y comenzó a aprender como autodidacta. “Siempre me gusta husmear en todo tipo de conocimiento, porque me gusta saber de todo, pero saberlo bien”, afirma con una inocultable sonrisa, agregando que “el aprendizaje no termina nunca”.

Si lo sabrá él, que transitó por distintas carreras universitarias hasta lograr enfrentar los obstáculos que le impedían dedicarse a su gran pasión: la guitarra. De chico hacía folclore junto a su padre y en su adolescencia pasó por el heavy metal, pero el pedido de sus padres de estudiar una carrera lo arrastró primero hacia la ingeniería y luego hacia el derecho. Sentía que no pertenecía y por eso cuando escuchó a un docente decir que quien no se sintiera abogado no debía estar en la sala se levantó y se fue. La Escuela de Música quedaba a escasos 30 metros de la facultad y ahí se quedó. Un profesor le recomendó mudarse a Paraná y, pese al impedimento de sus padres, Sergio partió hacia el litoral “con un bolsito y una guitarra”.

Fueron tres años en los que también intentó estudiar batería, pero no logró comprar el instrumento y por ello se dedicó únicamente a la guitarra. “Tenía una clásica y de muy mala calidad para el estudio que quería hacer. Llegó un momento en que no me dejaba progresar y yo no quería ser sólo músico, quería ser guitarrista. Pedirles a mis padres que me compraran una era imposible e ilógico. Éramos siete hermanos y muy humildes, realmente no se podía. Fue ahí cuando se me metió en la cabeza la idea de hacer una guitarra. Me puse a estudiar y fui recolectando elementos para hacerla”, relata.

El comienzo de la aventura venía facilitado por su conocimiento de los distintos tipos de maderas, herramientas y máquinas que había adquirido de pequeño en el taller de su abuelo, que era carpintero. En las vacaciones viajó a su tierra natal y visitó el taller del papá de un amigo que acababa de fallecer pero que había dedicado gran parte de su vida a fabricar guitarras. Animó a su amigo a involucrarse en la aventura de crear un instrumento y fue así como creó su primera guitarra con materiales extraídos de la basura. Dos semanas y cinco días fue lo que tardó en hacerla, y debió luego venderla “por monedas” para ahorrar y poder comprarse la que tanto necesitaba. “Siempre tuve la locura de embarcarme en cosas que desconozco totalmente. Cuando la vieron, en mi casa fue una revolución y me empezaron a tomar más en serio”, cuenta. La segunda guitarra que hizo, a los 23 años, fue su primera clásica. La terminó con mucho esfuerzo, la llevó a la escuela y se la mostró a Eduardo Isaac. “Era un tren al que me subía. Sabía que iba a ser lenta la cosa pero que iba a llegar. Eduardo me dio un apoyo muy importante con sus palabras y, año después, me compró dos guitarras que llevó a pasear por el mundo”, comenta con orgullo.

Había que mantenerse y Sergio necesitaba dinero, así que decidió ponerse a trabajar de a poco en la reparación y creación de instrumentos. “No me consideraba luthier en primera instancia porque es una cosa muy grande y delicada. Hoy sí creo que lo soy porque los años me han dado los conocimientos como sostén”, asegura. Sobre los destinatarios de su trabajo, afirma que “en el instrumento de luthier hay una historia, esfuerzo y mucho estudio. Es importante que, quien encarga un instrumento, comparta conmigo cierta visión acerca de él porque no sólo tiene proyección cuando permite hacer música sino también cuando la persona es parte de él. A su vez, a quien le entrego un instrumento le estoy entregando parte de mi vida”.

Un taller convertido en escuela

El 50% de su taller está compuesto por materiales reciclados. Diseñó sus propias máquinas en el camino en que iba descubriendo el oficio. “Hice y sigo haciendo todo por aprender y mantener el conocimiento en movimiento”, dice, y si bien hoy ser luthier es su forma de vida, también le permite dedicarles tiempo a otras cosas que le gustan como la cocina y la cervecería. Da clases de canto, música y hace casi dos años dirige una escuelita de luthería. Asegura que la creó como “una manera de devolverle un favor grande a Paraná por estos años vividos. Me cuesta pensarme fuera de Entre Ríos. Mi vecindario es hermoso y me siento muy a gusto. Lo primero que a mí me hace quedarme acá es el río, lo demás vino solo”.

Sergio es muy consciente de que hoy es quien es por cada una de las cosas que le fueron tocando vivir. “La necesidad es la maestra de todo. Si no la hay no hay ideas brillantes y, al no haberlas, no hay por qué vivir. Ocupar un espacio y ser uno más no es una opción. Con los años también me desprendí de la religión y pude tener otra visión del mundo: no hay ataduras para mí”, afirma con valentía.

Ph: GW Fotografía.

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